domingo, 15 de marzo de 2009

Taquicardia

Taquicardia (Vainica doble, 1984)


Hablar de Vainica Doble me supone un reto personal, porque realmente, y aunque todo el mundo les tenga cariño, no encuentro razones convincentes para defenderlas, y sin embargo tengo que hacerlo porque me encantan.
Vuelto a reeditar en 2008, he leído que este disco resultó experimental. Yo no lo entiendo, quizá porque a las Vainicas siempre las escucho desde el corazón y la mente abierta, y tanto a nivel estilístico como en cuanto a letras a mi me sigue sonando a ellas y sólo a ellas.
Intentar destripar un disco que bebe de lo cotidiano para meterse en lo hiperreal desde lo surreal es complicado. Los arreglos entre orquestales y jazzísticos también. Por ello no puedo más que recomendar su escucha. Y si me tengo que quedar con alguna... yo qué se: El niño inseminado, La funcionaria, La mona coqueta o Taquicardia son verdaderas maravillas, pero el resto no le va a la zaga. ¡Qué preciosidad!.


viernes, 13 de marzo de 2009

Uno, dos, tres

Uno, dos, tres (Billy Wilder, 1961)

Hay filmografías tan excelentes que películas estupendas pasan desapercibidas por la presencia de otras muchas obras maestras. Por ello la reaparición del maestro Wilder en estas páginas tras Sunset Boulevard (hace ya más de un año si no recuerdo mal) me ha traído suficientes dolores de cabeza para no tratar las mismas películas de siempre (si no me canso, habrá tiempo de hacerlo) que he decidido reivindicar una supuesta obra menor que no lo es en absoluto.
Manejando los hilos de la comedia de enredo como pocos han sabido hacerlo, Wilder construye una alocada película en la que, sin embargo, aprovecha para no dejar con cabeza a ninguno de los dos frentes de la guerra fría. Un inconmensurable James Cagney, en su papel de representante de refrescos que quieren introducirse en Rusia y Pamela Tiffin como la rica y caprichosa heredera que se enamora de un bolchevique d
e Berlín Oriental son ejemplos magnos de la manipulación capitalista, mientras que el enamorado comunista que finalmente terminará por abrazar las mieles de la Coca-Cola encarna todas las contradicciones de un sistema malinterpretado y mal llevado desde el principio.


Basada en una obra de teatro de un tal Ferenc Molnár, Wilder recrea la división de la Berlín post segunda guerra mundial gracias a una hilarante cinta que guarda no pocos momentos antológicos, la mayoría en base a unos personajes que dejaron el cerebro guardado en algún cajón y olvidaron dónde habían dejado la llave (no se a qué me recuerda esto). Descacharrante comedia desprovista de compasión, pero a la vez tremendamente cariñosa con sus personajes, Wilder demuestra nuevamente lo grande que era, por más que joyas magnas como El apartamento, Sunset Boulevard o Con faldas y a lo loco (otra de esas estúpidas traducciones para Some like it hot) la hayan relegado a un cierto olvido. No se lo merece.

jueves, 12 de marzo de 2009

Destrozando a... El arte de morir

El arte de morir (Álvaro Fernández Armero, 2000)


Su director siempre quiso ser alguien, pero como que no le salía. Intentó hacer comedias profundas acerca de relaciones y quizá lo mejor que hizo fue Nada en la nevera (El frigorífico está vacío para mi madre) porque era la menos pretenciosa de todas, y por ello la más divertida.
Y he ahí que se pone de moda el cine de terror que no va con teenagers, sino con veinteañeros (Scream, sin ir más lejos) y acepta (o se le ocurre) salir de su medio anonimato para dirigirse a las estrellas y terminar estrellándose.
La idea era contratar a una panda de actores jóvenes que pocas veces han estado peor (a excepción de la Pataky, que no sabía actuar entonces y tampoco lo ha aprendido con los años) para pasar de ser un director de comedias cursiloides a un sencillo buscador de fama.
Evidentemente lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, y el experimento le salio todo lo nefasto que podía haber salido. Porque todo no es que los actores estén espantosos, sino que el guión es malo de solemnidad y Fernández Armero demostró que no sabe dirigir más allá de las comedietas vagas que hace.
Se que a alguno de los seguidores de este blog le gusta mucho Todo es mentira, pero, salvo ocasionales diálogos y personajes inspirados, es flojita flojita. Claro que mucho mejor que esta cosa.


martes, 10 de marzo de 2009

Intolerancia

Intolerancia (David W. Griffith, 1916)


Después de ciento quince años, una película que tiene el honor de ser una sobre las que más se ha escrito y más rumores (fundados o no) se han promulgado tiene mucho mérito. Sobre todo si tenemos en cuenta que dicha película se rodó cuando la realización estaba reservado a unos pocos y fue en su momento un fracaso en taquilla. Pero Intolerancia es mucho más que eso.
Posiblemente una de las películas más caras de la historia del cine (casi dos millones de dólares de los de entonces) y con una duración que ha ido variando a lo largo de la historia para terminar en las dos horas y tres cuartos actuales, Intolerancia es una de esas joyas que sería un antes y un después dentro del lenguaje cinematográfico.


Cuatro relatos en cuatro momentos distintos de la historia sirven a Griffith, que el año anterior había sido acusado de xenófobo tras el estreno de El nacimiento de una nación, para tratar los perjuicios (tanto a nivel personal como a nivel colectivo) de la intolerancia a lo largo de los tiempos, mezclando dichas historias para conformar un mismo discurso narrativo.
Para ello además se sirve de una escenografía nunca vista, especialmente el episodio de Babilonia, extras a mansalva y una duración inicial de cuatro horas (aunque ya en esto tenemos el mito, las leyendas contaban que había película para once horas) que emana emotividad y emoción sin decir una sola palabra.
Impresionante documento cinematográfico, quizá algo más melodramático de lo deseable en el episodio situado a principios de siglo, Griffith inventa una nueva forma de narrar y la utiliza para una película bellísima que, desde luego, no lo debe todo a sus decorados, esos que exponen en Hollywood como parte de la grandiosidad que ya no existe. Intolerancia es mucho mayor que todo eso.


lunes, 9 de marzo de 2009

Frase de la semana


Muerte a los dragones. Muerte a todos ellos.

Alguno de los marineros de El acorazado Potemkin.

domingo, 8 de marzo de 2009

Asfalto

Asfalto (Daniel Calparsoro, 1999)


Calparsoro quiso cambiar el rumbo de su cine, se fue a rodar a Madrid y sólo consiguió la ruptura de su matrimonio con Nawja Nimri y posiblemente algunas de las peores críticas de su carrera. A pesar de que a otros nos gustó mucho.
Asfalto sin embargo trata de lo mismo que todo el cine de su director, perdedores que quieren lograr una vida mejor en medio de intrigas policiales. Sólo que ahora para tratarlo mete un triángulo amoroso en el que hay demasiados intereses más allá de los sexuales, entre ellos la del hermano policía del protagonista, muy interesado en la ruptura del trío sexual-amistoso y el encauzamiento de la vida de su hermano por el buen camino, por más que él mismo no sea un dechado de virtudes.
Algo rocambolesca en la trama, con unos actores que salen guapísimos pero que no están precisamente en su mejor momento y un guión sólo ocasionalmente brillante, Asfalto tiene sin embargo una fuerza inusual en sus imágenes, inusual para tener todos los ingredientes para ser mala. En parte tiene que ver la dirección, en parte está también los buenos momentos del guión, y gran parte se debe a la espléndida banda sonora creada por NawjaJean y Mastretta.
Porque la película naufraga en lo emocional, todos los personajes están desesperados pero más allá de eso no hay matices, todo es excesivamente rebuscado, pero Calparsoro demuestra lo bien que sabe dirigir la acción y lo bien que puede planificar composiciones de escenas para conseguir una obra atrayente y fascinante por momentos, perversa e incómoda, que merece la pena revisar. Aunque sólo sea por la banda sonora. Y por lo guapos que salen Botto, Salmerón y Nimri. Aunque yo creo que es mucho más.


viernes, 6 de marzo de 2009

La ciudad de los niños perdidos

La ciudad de los niños perdidos (Jean Pierre Jeunet y Marc Caro, 1995)

Mucho menos famosa que Delicatessen y, por supuesto, Amelie, antes de que Jeunet se marchara a la conquista de yanquilandia vía Alien Resurrection, y cuando todavía colaboraba con Caro, ambos realizaron un precioso cuento siniestro que poca gente conoce, o del que se habla mucho menos de lo que se debiera.
La ciudad de los niños perdidos no es otra que esa de donde raptan los niños para intentar frenar el envejecimiento de un sombrío científico, que se march
ita rápidamente porque no puede soñar.
La ciudad de los niños perdidos no es otra que esa plataforma en medio de un mar tenebroso donde vive ese científico y sus extravagantes colaboradores, esos que le ayudan en su propósito por razones desconocidas.
La ciudad de los niños perdidos
es un viaje a lo tenebroso desde lo infantil, que sin embargo resulta absolutamente adulto y emotivo, mucho más que la historia de Amelie Poulain. Un viaje estético por paisajes desoladores, por personajes extraños y por oscuras sendas plagadas de niebla, donde la belleza sale a la luz dentro de las sombras que pueblan las imág
enes.


La ciudad de los niños perdidos es un precioso relato acerca de la soledad, la amistad, la confianza y los anhelos: los que buscan los seres que han perdido a los suyos y que harán lo posible por recuperarlos.
La ciudad de los niños perdidos es un auténtico (y delicioso) espectáculo audiovisual, de esos donde las imágenes se convierten en arte.
Y sigo creyendo que el cine de Jeunet salió perdiendo con el cambio de rumbo.


jueves, 5 de marzo de 2009

Destrozando a... Satyricon

Satyricon (Federico Fellini, 1969)


Me estoy lanzando al vacío sin red, lo se, pero no puedo con esta película. Y es la gran culpable de que lleve con el 8 y medio un año en casa sin atreverme a verla. Y de que no haya visto nada de Fellini después de ella.
La obra homónima de Petronio le sirve a Fellini para elaborar un megalómano producto que será una obra maestra, no seré yo quien diga que no, pero que basa todo su encanto en lo puramente exagerado. Visualmente abrumadora, larga como un día sin pan, la búsqueda del esclavo-amante que lo abandonó por parte de Encolpio sirve al autor para dar rienda suelta a todos sus instintos y presentarnos una magnífica oda a la sordidez, cuyo erotismo parece salvarlo hasta que la sucesión de historias y juegos metafóricos y metalingüísticos hacen que se olvide todo y no sepamos hacia donde nos dirigimos, para caer de lleno en lo confuso y lo caprichoso.


Porque al final todo es estética. Simbolismos inútiles que cada uno puede interpretar como quiera no hacen más que unir, simbólicamente, unas imágenes de tintes oniroides que no terminan de tener ni pies ni cabeza, lo que haría que fuera encumbrada por los admiradores del Arte y Ensayo. Será que yo soy más terrenal, cosa que no creo que sea cierta, pero no me quedé con nada. Quizá porque, como ya digo, a la media hora dejara de prestar atención. Eso sí, muchos premios para el maquillaje y el vestuario aunque Martin Potter se pase media película en taparrabos. Hay que reconocer que toda la escenografía es estupenda.

martes, 3 de marzo de 2009

24 hours party people

24 hours party people (Michael Winterbottom, 2002)


Ya dije cuando despotriqué contra Nine songs que Winterbottom era capaz de lo mejor y de lo peor. Hoy hablaré bien de una película suya, concretamente de esta subida y caída de Manchester como uno de los epicentros musicales de principios de los ochenta, con la que logra construir un retrato que pocas veces más ha conseguido.
La creación de Factory Records y su local, la Hacienda, sirve a Winterbottom para hacer el retrato de una época de cambios, una más de esas épocas de sexo, drogas y rock que tanto gusta llevar a la gran pantalla. La originalidad de Winterbott
om se basa en realizar esa resconstrucción mediante una especie de falso documental que mezcla verdad y rumorología para contar lo que quiere contar. Y todo ello sin caer en sus (habituales) excesos, sin caer en tópicos y sin posicionarse. Algo que me temo no le debemos a él, sino al espléndido guión firmado por Frank Cottrell Boyce, ágil e inteligente, que mezcla a la perfección dramatismo y comicidad para que podamos hacernos idea de una época donde sobraron ambas cosas.
Ian Curtis, Joy Division y la formación de New Order tras el suicidio del primero son sólo uno de los referentes que aparecen. Los Pistols, los Happy Mondays... con la consecuente inclusión de sus canciones en una banda sonora que debería ser imprescindible, aparecen también para, como ya dije, lograr elaborar una historia completa, una historia de pasiones, de intereses, de vida y de muerte que Winterbottom consigue llevar a buen puerto a pesar de él mismo.


Divertida, apasionante como retrato generacional, estéticamente espléndida, emotiva y violenta, 24 hours party people quizá no sea perfecta, pero si es un buen ejemplo de cómo contar lo de siempre de forma distinta y no caer en el ridículo. Como Velvet Goldmine, claro que yo a Haynes le tengo mucho más cariño, quizá por eso no me sorprendiera tanto.

lunes, 2 de marzo de 2009

Frase de la semana


Conmigo siempre termina mal.


James Lance en No Heroics (Episodio 2, 1ª Temporada)