viernes, 22 de mayo de 2009

El gran dictador

El gran dictador (Charles Chaplin, 1940)

Ese momento en el que el dictador Hynkel juega con la bola del mundo, esa que representa sus ansias de conquista, pateándola, lanzándola al aire, golpeándola con el culo... es la escena más famosa de toda la película y un resumen fantástico de lo que Chaplin pretende realizar, la caricaturización de Adolf Hitler, Mussolini y todos los regímenes autoritarios basados en el nacional socialismo.
Chaplin resuelve, en su primera película hablada, un ataq
ue frontal sobre estos régimenes con solvencia y maestría, jugando a mostrar lo ridículo de estas formas de gobierno y sus supuestos básicos (comenzando por el parecido entre el dictador y el barbero judío, encarnados por él mismo, que llevará a la confusión final), y realizando una comedia excelente donde sigue jugando con los mismos gags mudos que durante años le habían funcionado, potenciado por los diálogos y los equívocos basados en ellos, consiguiendo ser sutil a pesar de lo facil aparente de su planteamiento.


Sin embargo, su primera (y posiblemente mejor) película sonora, adolece de un cierto sentido culebronesco y melodramático que, si bien consigue el tono amargo que debería tener un film de estas características, merma ligeramente su coherencia interna. Claro que es por poner un pero... hoy me levanté puntilloso, porque realmente me parece una película soberbia.

jueves, 21 de mayo de 2009

Destrozando a... Revenant (Vampiros modernos)

Revenant. Vampiros modernos. (Richard Elfman, 1998)


Efectivamente el título lo dice todo. Una de las cosas más infames que he visto en todos los tiempos, y gran culpable de mi abandono del cine vampírico de unos años a esta parte. ¿Que por qué la vi? Pues porque era joven e inexperto y era ver unos colmillos y ponerme cachondo. Sólo diré en mi descargo que no fui al cine (¡Viva Pocoyó como Ministro de Cultura!), porque tonto del todo no soy, y que el personaje del exorcista encarnado por Rod Steiger es descacharrante, más por lo grotesco que por otra cosa.
Pero vamos, que hace tiempo me preguntaba si podría haberse hecho algo peor que Los cuatro fantásticos e Independence day: gracias al monográfico vampírico del amigo dvd me he acordado de esta.
Y del señor van Dien, un madelman metido a florero en determinadas producciones no voy a hablar porque cumplió con eso mismo (que era lo que se le pedía) en Starship Troopers. Y esa si que me gustó.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Spider

Spider (David Cronenberg, 2002)

O la locura según Cronenberg, afirmación que podría parecer redundante en un primer acercamiento a la filmografía del director canadiense, pero que, bien mirado, no lo es. Y si no, lean.
Tenemos a un joven que llega a una ciudad. Su andar es lento, es el último en salir del tren que lo conduce allí. Busca una dirección que guarda en un calcetín dentro de sus calzoncillos, junto con otros objetos de valor para él. Encuentra la casa a la que se dirige y es recibido por una señora bastante desagradable. Allí conoce a algún que otro personaje extraño que le da consejos acerca de la gobernanta, que finalmente lo conduce a su habitación.
Vemos como esconde un pequeño cuaderno de notas en distintos sitios buscando el más seguro. Vemos como la única ropa que lleva en la maleta es un pijama a rayas demasiado parecido a los monos carcelarios antiguos, porque efectivamente está en una cárcel, en una cárcel de libertad vigilada adonde llega desde la efectiva reclusión en un manicomio, como se nos desvelará posteriormente. Vemos como se mueve por paisajes para él previamente conocidos, en los que Spider, sobrenombre puesto por su madre, la recuerda y la llora amargamente.


Vemos lo que pasa en la mente de ese hombre desde que era un niño, y cómo sus recuerdos van tergiversándose hasta llevarlo a la locura con una narración nada extravagante. Vemos el desarrollo de una esquizofrenia (porque esto si lo es) con todo lujo de detalles, incluidas las notas en ese lenguaje indescifrable y esa forma desestructurada y caprichosa de escribir, que conforman su intento de estructurar sus recuerdos para dar forma a lo que sucedió hace muchos años ya, y que lo llevaron a la pérdida del juicio. Vemos como en la cabeza de Spider todo se va engranando de forma que todo tiene sentido, incluso para nosotros, por más que haya algún momento en que sepamos claramente que las cosas no han sido así. Vemos como el niño descubre la sexualidad de su madre matándola (metafóricamente) por ello, y convirtiéndola en mujer (sexuada y lejos de su ideal), lo que aparentemente motivará el desarrollo de su enfermedad. Pero vemos también, lejos de argumentaciones simplistas, que ya el niño tenía problemas anteriormente.


Vemos una historia que nos esperamos desde el principio pero aún así no deja de sorprender al final. Y lo vemos todo porque Cronenberg se dedica única y exclusivamente a mostrar. Mueve la cámara alrededor del microcosmos que rodea a Spider sin artificios ni golpes de efecto. Cronenberg se maneja (y eso es lo que diferencia Spider de otras películas suyas que tratan el mismo tema) en lo real y consigue enseñarnos cómo se comportan sus personajes, como Spider mira el mundo que le rodea, con los mismos ojos que él, apoyándose para ello en unos estupendos actores y en un magnífico guión del autor de la novela del mismo título. Cronenberg hace cine de verdad, porque por más que quieran otros, el cine es guión, actores, y un director con talento para mostrar.

P.D.: hablando de locura, permítanme un poco de tiempo para volver a repasar El quimérico inquilino. Es otra que merece un hueco en estas páginas.


lunes, 18 de mayo de 2009

Big fish

Big fish (Tim Burton, 2003)


Burton quiso hacer Eduardo Manostijeras por segunda vez, pero no lo consiguió. Big fish es un nuevo cuento de unos de los directores más freaks de la historia, acompañado para la ocasión de la otra freak oficial del panorama cinematográfico anglosajón, la insoportable Helena Bonham Carter.
La vida de Edward Bloom, sembrada de historias fantásticas que él mismo crea y que vive, entra en conflicto con la racional vida de su hijo, ese que no le ha perdonado que las fantasías que le contaba no fueran reales. Ni siquiera en su lecho, cuando ya está cercano a la muerte, el hijo deja de interrogar, de preguntar, por una vida real y creíble, vida que su padre no le puede narrar porque sus propias supuestas fantasías son par
a él tan reales como la vida triste y aburrida que lleva su hijo, son tan reales porque puede que ocurrieran en realidad, porque para él ocurrieron en realidad.
Edward Bloom
es un hombre optimista, libre, que quiere ayudar a los demás y que maquilla la realidad para hacerla mejor para todos, para él y para los que lo rodean, consiguiendo la felicidad y el aprecio ajenos. Y todos se dan cuenta de que lo que cuenta Bloom es cierto, todos menos el primero que tiene que darse, ese hijo que bajó a su padre del trono de los dioses para asemejarlo a los demás mortales, y que no se quiere enterar de lo que hasta su mujer, que casi no conoce al suegro, si hace: la realidad es la que cada uno viva, la forma en la que cada uno la percibe, hasta el final.


Big fish es un precioso cuento que sin embargo se ve mermado por un infantilismo que va poblando sin aparente remedio la filmografía de un director que se forjó buena reputación precisamente por lo contrario. Big fish pierde por su simplismo último, por su necesidad (como ya hiciera antes en Sleepy Hollow) de explicarlo todo hasta el más mínimo detalle, por su intento de gustar a todo el mundo y que nadie se pierda en la narración, por su no dejar pensar y descubrir.
Pierde tanto que se convierte en una pequeña gran obra fallida, porque en realidad el mundo que nos cuenta Burton, la historia familiar que nos cuenta Burton, queda a medio rodar. Por no mencionar lo desaprovechada que está Jessica Lange en un papel para el que bien podrían haber puesto un florero, y ante el que no nos podemos dejar de preguntar por qué el hijo no recurre a ella para que le explique lo que ya todos sabemos desde el primer minuto, que su padre es el que es y el que se le presenta, y no las fantasías que él pueda hacerse de un hombre normal.



Frase de la semana.


En ese momento ni un alma los oyó en el pueblo dormido... cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas.


Truman Capote, A sangre fría.

domingo, 17 de mayo de 2009

Mystery train

Mystery train (Jim Jarmusch, 1989)

No se por qué tardé tanto en acercarme al cine de Jarmusch si, como sospechaba, tenía todas las papeletas para gustarme, pero por fin me decidí el otro día a ver esta magnífica película. Lo siento por quien no esté de acuerdo.
Mystery train es un homenaje a Elvis, que está presente en cada uno de los tres episodios que se nos ofrecen, comenzando por el lugar donde se desarrolla esa misma noche en la que dos parejas y un trío irán a refugiarse al mismo hotel en Memphis.
Los primeros son unos japoneses, ella vestida de loli
ta típica y él de rockabilly de los cincuenta, que viajan a la ciudad del Rey para conocer sus vestigios. Tenemos en la segunda historia a una mujer italiana que, por accidente, acaba en Memphis con el cadáver de su marido, y en la habitación con una desconocida que no para de hablar mientras se encuentra al fantasma de Elvis. En la tercera un inglés residente en la ciudad al que todo el mundo llama Elvis, que acaba de romper con su pareja y que, junto a su cuñado y a un compañero de trabajo al que acaban de despedir junto a él, se meterán en un lío. Y esas tres historias se entrelazan mínimamente en base a sus personajes y, sobre todo, en base a ese recepcionista del hotel con traje rojo y el botones que quiere cambiar de indumentaria.
Comedia singular y fascinante desde el primer minuto, ese en el que vemos a los japoneses camino de Memphis en un tren de recorrido larguísimo, Jarmusch juega con los tópicos para conseguir momentos de una sutileza endiablada: el chico jap
onés no puede cambiar de cara porque esa es su cara, al inglés le molesta que le llamen Elvis en la ciudad del Rey, la chica que abandona a su novio se queja de que no hablaba cuando ella misma no escucha a nadie, los negros pregonan discursos racistas contra los blancos... mientras varias personas extrañas se mueven por una ciudad extraña que vive por y para el recuerdo.


Un conjunto de personajes fascinantes que no caen, cosa harto fácil, en lo esperpéntico, sino que se mueven en una determinada realidad en una determinada parte del mundo, mientras, sin embargo, intentan todos, por unas razones o por otras, escapar de él. Una maravilla.

viernes, 15 de mayo de 2009

Historias de Philadelphia

Historias de Philadelphia (George Cuckor, 1940)


Hablar de una de las más laureadas comedias de la historia del cine a estas alturas tiene poco mérito, ante todo porque tampoco tengo mucho que decir.
Historias de Philadelpia es a la comedia lo que la patata a la ensaladilla rusa. Es una típica comedia romántica de enredo que cuenta entre su elenco protagonista con tres de las mayores estrellas de Hollywood de la historia (Cary Grant, Katherine Hepburn y James Stewart), pero que tiene además en todo su reparto un plantel de secundarios geniales que no les desmerecen. Historias de Philadelphia es hablar de que el fin justifica los medios, contado con todo el humor que se puede contar.


Historias de Philadelphia es hablar de cine, con mayúsculas, un cine donde primaba el guión y los actores, donde los personajes eran compuestos al mínimo detalle, y donde el director (en este caso el gran George Cuckor) se limitaba a narrarnos lo expuesto. Un cine muy clásico, que lo será, pero que es mucho más cine que la mayoría de las moderneces.

jueves, 14 de mayo de 2009

Destrozando a... Pretty woman

Pretty woman (Garry Marshall, 1990)


He estado devanándome los sesos para ver qué caía este jueves... y me he acordado de Richard Gere con lo que, evidentemente, no podía dejar pasar la oportunidad de despotricar contra una de las comedias románticas por antonomasia de principios de los noventa.
A ver, Richard pone caritas mientras contrata a una furcia, en la piel de Julia Roberts, para que lo acompañe. Por lo visto entonces no existían los escorts de alto nivel, y por tanto, se la tiene que buscar en Hollywood Boulevard. Así nos podemos reir de lo paleta que resulta la muchacha, que no sabe comer caracoles gordos en restaurantes de lujo (jajajaja) ni comportarse en tiendas de moda que la marginan por ir vestida de putón (jajajaja) hasta que llega el millonario con la Visa Platino y ella obtiene su venganza yendo a la misma tienda donde la humillaron (¡toma, toma!). ¡Qué bonito!
Los dos se enamoran aunque ella ponga los pies encima de la silla para desayunar, y él la saca de la calle cuando ella había decidido hacerse honrada... y Gere pone caritas de las suyas (ver crítica, en esta misma sección, de El primer caballero) y la Roberts se echa todo el lapiz de labios rojo que encontró en Los Ángeles mientras nos enseña los dientes.
Y así tenemos una tontada que hizo las delicias de todas las almas cándidas que piensan que la prostitución es un sitio maravilloso por donde hay que pasar para ser rescatada por un príncipe azul, mientras todo es de color de rosa y se nos vuelve a subir el azúcar para desespero de nuestro endocrino.
Lo que no dicen en la película es que el rico hombre de negocios trata así de bien a la puta porque, de no haber sido así, la Roberts le hubiera arrancado la cabeza de un mordisco.

P.D.: para hablar de comedias de verdad, me remito a mañana.


martes, 12 de mayo de 2009

Mi own private idaho

My own private idaho (Gus van Sant, 1991)

La consagración del irregularísimo Gus van Sant vino de la mano de esta película. La mitificación de River Phoenix también tiene que ver con ella. No obstante, ni lo uno ni lo otro es para tanto, y no porque la película no merezca la pena, sino porque parece que, sobre todo al primero, las hazañas de los protagonistas se le van de la mano.
Mike es un chapero nacido en Idaho que sufre una especie de
narcolepsia que parecen más bien crisis epileptoides. En uno de sus trabajos se encuentra con Scott, otro prostituto que parece no tener demasiada relación con él. A lo largo del metraje vamos conociendo que esa interacción existe, desde hace bastante tiempo, y es más importante de lo que parece en todo momento. Mike es gay, aunque al principio no se sospecha, y anda por el mundo buscando a su madre. Scott es hijo de un influyente político que va buscando hacer todo el daño posible a su padre. Ambos se conocen desde hace años y son amigos, aunque en un momento determinado, Mike querrá ser algo más. Scott, aunque nada hace que lo pensemos antes, se revela heterosexual, cortando las alas del deseo de Mike, pero aun así lo ayuda en su búsqueda. Mike tiene una historia anterior lamentable, Scott se ha hecho lamentable a si mismo. Son dos personas que se han encontrado para hacerse compañía... hasta que Scott se enamora de una chica, y Mike cae en la más profunda de las desesperaciones, llevando su existencia, colmada de riesgos, a un estado de profunda autodestrucción que solo es interrumpida por sus estados durmientes, esos en los que recuerda a su madre en su Idaho natal, y que son el único momento de felicidad que posee. Solo al final, cuando Scott reniega de todo lo hecho con anterioridad, es cuando vemos que su conexión sigue intacta, cuando vemos que Mike se ha dado cuenta de que Scott ya no será nunca el que él quería, y es el único que lo deja ir sin molestarlo. Hasta ahí todo bien.


El problema fundamental de la cinta es puramente formal, sin embargo. El histrionismo se va de madre, la planificación comete errores garrafales en ocasiones (¿si el plano es subjetivo, qué hace Mike viéndose a si mismo de bebé?), y los intentos poéticos merman la finalidad aparentemente realista del relato. Todo ello a pesar de grandes hallazgos, como las escenas sexuales en foto fija. Pero si van Sant se hubiera dejado de experimentación, o hubiera entrado de lleno en ella, estaríamos posiblemente ante una película redonda, y el resultado se acerca, pero no llega.

lunes, 11 de mayo de 2009

El robo más grande jamás contado

El robo más grande jamás contado (Daniel Monzón, 2002)


Daniel Monzón fue durante muchos años crítico de la revista Fotogramas, entre otras, donde daba cuerpo (y mala hostia) a ese personaje con consultorio propio llamado El sobrino. También fue durante bastante tiempo, si no me falla la memoria, subdirector de Días de Cine a las órdenes de Antonio Gasset (en lo que se ha ido convirtiendo el programa... ni mencionarlo cabe). Es decir, estamos ante alguien que, aparentemente, sabe de cine.
En sus películas, sin embargo, demuestra lo que todos sabemos: es más fácil ver los errores que tomar las riendas. Pero aún así, Monzón ha rodado tres películas hasta el momento, con muy escasa repercusión en taquilla para sus presupuestos y ambiciones, pero mucho mejores que otros directores salidos de las escuelas de cine.
Monzón, defensor acérrimo del cine de entretenimiento, se reunió en su segunda película con Guerricaecheverría y perpetró una comedia muy dive
rtida aparentemente dentro de ese cine esperpéntico basado en lo frikoide que tanto dinero ha dado a la taquilla española. No fue ese el caso, no sabemos muy bien por qué, porque El robo más grande jamás contado funciona de principio a fin. Es ágil, superficial, con multitud de chistes acerca del estado de las cosas en nuestro país... y recoge a gran parte del star-system de este tipo de cintas, empezando por Jimmy Barnatán, sin el que, a estas alturas, una cinta de frikis no es una cinta de frikis.
Los homenajes son múltiples, y las referencias (en forma muchas veces de juegos de palabras) innumerables. Precisamente es ahí donde la cinta se pierde, no tanto por la repetición de estereotipos (incluyendo a Resines haciendo por enésima vez de si mismo) sino ante todo por el empeño de sus guionistas en conseguir que los protagonistas salgan, por una vez en este tipo de películas, bien parados.


Y es que la última media hora (toda la larguísima escena del aeropuerto) ataca la coherencia interna y, sobre todo, la capacidad irónica de la cinta, recurriendo al enredo a base de situaciones ya vividas en muchas otras obras, que pueden terminar cargando. No obstante, como finalidad última, Monzón realiza una cinta muy entretenida y,desde luego, mucho más comercial y visible que la mayoría de los éxitos de taquilla del cine español.