martes, 30 de diciembre de 2008

La mujer justa

La mujer justa (Sandor Márai)


Todos los que nos dedicamos a realizar crítica, ya sea de forma profesional o como aficionados (iba a decir humildemente, pero eso sería mentir como un bellaco, el criticar no tiene nada de humilde), tendemos a poner en el otro, a interpretar lo que el autor, el escritor, el cineasta pretende, quiere, intenta decir en comparación con lo que consigue, con lo que realiza... sin que ni el primero ni el último de nosotros le hayamos preguntado, y sin que ni siquiera lo que diga el autor sirva para que nos lo creamos (siempre existe, y con razón, la duda de que el autor esté mintiendo sabiendo que su obra no es todo lo redonda que podría haber sido). Quizá sea esa la lectura que más me ha llamado la atención de esta novela.
Escrita en los años 40, pero no conocida hasta mucho después, La mujer justa está compuesta por tres monólogos, la historia de una mujer abandonada por el marido rico enamorado de otra mujer, la historia de ese marido rico engañado por esa otra mujer a la que repudia, y la historia de esa otra mujer recogida en brazos de un bateria de una banda de jazz al que le cuenta el cómo sucedió todo. Tres monólogos que dan buena cuenta de esa misma historia de amor que es la historia de ellos tres y que es la historia de sus vidas, una historia de sobreentendidos, una historia de suposiciones, una historia donde nadie pregunta nada a nadie sino que todo el mundo supone todo y proyectan en el otro sus propios fantasmas personales que lo único que consiguen es alejarlos los unos de los otros mientras buscan, con más calma o más desespero a esos hombres o esas mujeres justas, esas personas que son las ideales para cada una de ellas.
Sin embargo, a pesar de todo, a pesar de centrar todo en esas relaciones afectivas, lo que Márai nos propone es otra cosa. Es un viaje desde dentro a la vida en Hungría. A la vida en Hungría en un tiempo determinado de cambios, al paso de los años treinta, donde los ricos eran ricos, hasta la invasión nazi y la posterior ocupación comunista, esa ocupación que hace que los protagonistas huyan lejos, como él mismo hizo, y que queda perfectamente reflejada en la última de las historias, en ese monólogo de Judit Aldozó que narra monstrándonos ese paraje desolador que fue la segunda guerra mundial no ya solo en cuanto a muerte y devastación, sino en cuanto a lo miserable del género humano, para terminar esta preciosa novela. Esos parajes que él conoció en primera persona y que hicieron que se exiliara a Estados Unidos.
Una maravilla.

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