domingo, 11 de enero de 2009

Twin Peaks

Twin Peaks (David Lynch y Mark Frost, 1990 y 1991)


Vista después de la adolescencia, Twin Peaks pierde mucho. Sobre todo porque se nota, y se nota mucho, la mano de sus creadores y la de los capítulos en los que no han tenido nada que ver. Twin Peaks llegó a mi vida cuando yo tenía trece añitos apenas y es la gran culpable de mi adoración por Lynch. Recalco lo de la edad porque evidentemente tiene que ver con mi percepción de la serie, sobrevaloradísima hasta que he vuelto a verla hace unos meses.
La atmósfera de ese pequeño pueblo de la frontera canadiense en la que se desarrollaban las aventuras y desventuras del maníatico agente Dale Cooper era igual de fascinante que la primera vez, los extravagantes personajes que poblaban sus calles eran igual de atrayentes, pero sus fallos eran más llamativos, mucho más risible todo ese gir
o absurdo de guión a partir del descubrimiento del asesino de Laura Palmer, allá por el séptimo capítulo de la segunda temporada, que servía para prolongar una historia que ya dejaba de tener pies y cabeza una vez finiquitado su leit motiv. Por más que estuvieran ahí Lady Leño o Nadine. Y es que finiquitada la intriga, quedaba en primer plano lo afectivo, que caía en en más absoluto de los ridículos, convirtiendo a Twin Peaks en un folletín que solo se venía arriba en su espeluznante y espléndido último capítulo, dirigido nuevamente por Lynch, que volvía a dar sentido a la historia, pero que hubiera podido suceder trece capítulos antes si no fuera porque la ABC quería exprimir su gallina de los huevos de oro y consiguió que lo que podía haber sido la mejor serie de los noventa terminara siendo una caricatura de si misma.


Porque he ahí el gran fallo de esta serie: se convirtió en un fenómeno. Se hicieron libros, se editó un disco (que evitaba la magnífica banda sonora de Badalamenti y se limitaba a las canciones/versiones de Julie Cruise) e incluso Lynch dirigiría una película, Twin Peaks: Fire walk with me, que lo mismo cae cualquier jueves de estos (y sabe Dios, que no existe, que me va a doler a mi más que a nadie), llegando a ser un fenómeno de fans del que Lynch, sin embargo, dándole un puñetazo a la ABC en toda la cara, supo finalmente librarse con la escena final que cabreó a todo el mundo. Claro que a los que durante el tiempo que duró la serie habíamos aprovechado para ir descubriendo el universo lynchiano no nos sorprendió lo más mínimo. Reconocíamos las ambientaciones de los años cincuenta, los personajes extraños que se comportaban de forma más extraña todavía, los bobos simpáticos, las sensualidades perversas, las cortinas rojas, los sonidos de Badalamenti... y los finales que son un principio... De hecho, sirvió para reconciliarnos con él.

2 comentarios:

dvd dijo...

A mí me gustó el primer capítulo y algunos destellos posteriores hasta que, como bien dices, la ida de olla fue monumental. Hecho que logró que no prestase atención a la última parte de la serie y, claro, no he visto el último capítulo, así que no sé lo que me pierdo, la verdad.
Por otra parte, creo que el último Lynch ha discurrido paralelamente a esta serie. Cada vez más incomprensible y absurdo... Hay quien lo llama genialidad; yo prefiero llamarlo crisis de ideas.

Ricardo Baticón dijo...

Es que tu mismo lo has dicho... Ver algo que teníamos idealizado en la adolescencia... casi prefiero no tocarlo. A mí también en su día me pareció una serie muy elegante pero seguro que ahora me parecería cutre... A si que ni tocar, la conservaré tal cual en mi mente.

Saludos